El sueño de la muerte (o la muerte es sueño)

Después de notar que yo estaba simultáneamente feliz y lúcido, una conjunción no sólo rara sino imposible, ella también quiso sentir lo mismo. Traté de esconder mi sorpresa cuando sentí cómo retrocedía ante mí, extrañada de ver tanta tranquilidad en el rostro de un hombre que está a punto de morir.

“Siempre parecen tan serenos…” dijo, como si hablara para sí misma.
“Todos dan esa impresión cuando los veo atravesar por el último instante de sus vidas. Después del miedo y las súplicas desesperadas por un poco más de tiempo, todos los hombres se extinguen con el mismo gesto en sus caras, como si hubieran encontrado lo que siempre buscaron mientras existieron.”

“¿Será la resignación?” me animé a replicarle, en medio de la angustia y la sorpresa. Aún no podía creer que la Muerte se encontrara aquí, frente a mí, ya no tan resuelta a llevarse mi vida e incluso con ánimo para conversar un poco, como si todo lo que estaba a punto de morir en el mundo pudiera esperar por unos cuantos minutos más.

“No. Yo he recorrido todos los lugares tantas veces que no recuerdo ya lo que es el asombro, ni percibo el paso del tiempo. He sido eterna observadora de la humanidad entera, he estado entre ustedes tanto tiempo que ya nada me sorprende. Lo he visto todo, lo he entendido todo, pero la felicidad con la que todos terminan rindiéndose ante mí ha sido lo único que no he sido capaz de explicarme.”
“Se necesita vivir para saber qué se siente dejar de hacerlo. Y yo no estoy viva. Necesito no estarlo para no necesitar de mí. Pero entre más vidas me llevo, más me intriga saber por qué soy yo la causa de tanto sosiego. Hasta quisiera tener una vida que quitarme.”

Yo me creía con tantísima suerte. ¿Acaso cuántos hombres habrán podido conversar con la Muerte, y más aún, despertar en ella la curiosidad sobre la maldición de ser mortal? ¿Cómo es posible que este gesto involuntario ante el descanso eterno había logrado que ella, por primera vez desde los millones de años que lleva como antagonista de la vida, se detuviera por un momento? Incluso llegué a pensar que había sido el primer hombre que había logrado que la muerte lo perdonara.

Y Allí permanecía ella, despojada de todo lo que la hacía temible y deseando, ella misma, morir.

Impulsado por aquel pequeño triunfo que había sentido desde mi último pensamiento, y con un poco de sorna, me atreví a decirle: “Eso te pasa, Muerte, por no tener un alma”, aunque inmediatamente me arrepentí de mi descaro. Ella levantó la mirada, y pude ver que sonreía. Se arrojó hacia mi cuerpo, aferró mi cabeza con sus manos, me dio un beso y a partir de ese momento nunca pude volver a sentir el calor en mi propio cuerpo.

“No parece ser un problema ahora” Me dijo con el mismo tono burlón que yo había usado hace unos segundos. “No para mí, al menos”.

Extendí mis brazos hacia ella, pero al tocarla se desplomó en el suelo, y entre la severidad de su rostro pude ver por primera vez ese gesto de infinita calma que nunca he podido descifrar.

Western wall

- Cúbrete los hombros que vamos a entrar a un lugar santo.

Me lo ordenan con censura, casi con furia, como si en la curva pálida de mi hombro desnudo estuviera sentado el mismo diablo y gritara a viva voz, deseo, pecado; y la culpa no la tuviera el creador de la forma humana, ni del hombre atraído a ella, sino la mujer que soporta el peso de su propio cuerpo. Así que por el bien del dios presente en este recinto, escondo del mundo la piel que me ha dado.

Sigo a las demás mujeres por el camino que nos separa completamente de los hombres que ante dios no deben desearnos y nos mezcla en un solo pecado, remolino de murmullos y cuerpos cubiertos que elevan oraciones y dejan caer lágrimas, pidiendo perdón por esconder una impureza debajo de la tela que nos envuelve, y nos abandona frente aquella pared sagrada que a la vista tiene más de ruina que de muralla; más de escombro que del hogar de un dios. Las mujeres se agolpan frente al muro con la cabeza agachada, lo acarician y le hablan entre suspiros como si le estuvieran contando un secreto en todos los idiomas del mundo.

Yo contemplo la piedra sin creer en ella. No tengo un por qué para venir hasta acá ni nada que contarle, y sin embargo, la piedra me devuelve la mirada. Me dice que vaya hacia ella, en un tono que más que una invitación parece un reto, como si pensara que no me atrevería. Entonces miro hacia el cielo que no sé a causa de qué milagro está más azul del otro lado del muro, y me pregunto si para el dios que se esconde detrás de él también sea pecado no mirar al suelo. La piedra me llama. Estaré lista, me pregunto, qué me importa, me reprendo, levanto la mano, me atrevo, sí, la toco.

Arde.

Pasando por alto el hecho del sol del desierto a mis espaldas me pregunto si la piedra se calienta sólo con mi tacto, o si responde así ante cualquier mano que sobre ella se pose. Aquí está, la siento bajo mis dedos que recorren su caliza superficie como una tímida exhalación, reposando en sus asperezas y tropezando con sus hendiduras. Ya, aquí está mi mano, piedra, ahora qué hago contigo y conmigo y con ellas. Qué hacen, mujeres, cuando religiosamente se encuentran con este muro y lo tocan, qué dicen, qué piden, qué piensan, qué temen. Desconozco sus motivos y razones tanto como aquella, mía, que empujó mi cabeza hacia el frente y la obligó a descansar en la roca sólida, como si volviera a ella después de una larga ausencia. Qué debo decir, piedra, qué debo pensar, no sé, debo rezar, para qué, el muro me contesta, haz lo que quieras. Pido, sí, como todas aquí, piedra, pon un orden en mis palabras y un sitio para mi fe, que por no tenerlos las he perdido. Ya, esto es todo piedra, he venido hasta aquí para abandonar mis necesidades en una de tus cicatrices. Suelta mi frente, así, ahora mi mano, bien, déjame ir, no.

La orden es no darle la espalda al muro que acogió mi rezo mientras me alejo. Quizás también sea pecado. Bueno, piedra, te miro a los ojos mientras recojo mis torpes y dubitativos pasos, como si el muro me estuviera devolviendo el tiempo, así, sin mirar hacia atrás, no vaya a ser que si lo hago me convierta en una estatua de sal.
O en muro.
O en lamento.

Para A. (A de Arena)

Quiero ser de arena y llorar hasta perder la forma. Desmoronarme y dejar que el viento me arrastre despacio. Quiero ser de arena para abandonar este rostro, convertirlo en infinitud, y que nadie note esta tristeza. Quiero que hundas tu mano en lo que fue mi cuerpo y que con la punta de tus dedos dibujes sobre mí como si aún tuviera piel, romperme ante tus caricias para que me tomes entre las manos y pueda deslizarme entre tus dedos, desaparecer ante ti y esconderme bajo tus pies cuando sientas que me has perdido.

Lygirophobia

Oigo explosiones. No me inquiento tanto porque suenan algo distantes, y porque ya no les temo tanto como antes, cuando al primer estallido me cubría la cabeza con los brazos y corría llorando a esconderme. Trato de asomarme a la ventana para ver qué sucede pero lo único que logro ver es ese edificio ocre que me esconde del mundo. No importa, es fácil suponer que son fuegos artificiales.

Pero es más divertido jugar a que no lo son. Los estruendos se intensifican, se oyen cada vez más cerca, hasta el punto de disparar las alarmas de algunos autos. La gente mirará preocupada por sus ventanas, saldrá a las calles empeñada en averiguar qué sucede. La noticia no tardará en salir por televisión: la ciudad está siendo bombardeada. Imagino el terror en los rostros de las personas que celebraban la luz de unas velas en la acera mientras corren por sus vidas, el fuego esparciéndose por los edificios, las ventanas rotas, los ruidos, el pánico. Empiezo a sentir ese hueco en estómago que se abre cada vez que tengo miedo, a oír gritos, a convencerme de que es cierto. Y entonces cerraré los ojos, me cubriré la cabeza en los brazos y correré a esconderme. Sólo que ésta vez lo haré sonriendo.

Schadenfreude (Masquerade)

Es como si nuestras palabras no tuvieran otra función que la de escondernos. Con ellas fabricamos máscaras que nos protegen. Creemos que ocultando lo que somos no mentimos. Creemos que encubriéndonos no les haremos daño a los otros.

Nos es imposible ser honestos. Aún si nos dieran la portunidad de empezar de cero, lo haríamos con una mentira. Es inercia, es lo que somos.

Por dentro somos horribles, vulnerables. Lo sabemos. Tratamos de hacer un rostro de nuestra mentira, pero no es más que un contorno. La repulsiva verdad sigue allí, ocupando el espacio de un cuerpo.

No me dejas tocarte. Nunca te dejé tocarme. Nos conoceríamos de inmediato. Nos veríamos reflejado uno en el otro. El horror de recordar lo que verdaderamente somos nos mataría.

Entonces sólo extendemos nustros brazos y acariciamos esa piel que nos incluye en el resto del mundo, Que nos acerca a lo que queremos.

Nos queremos.
Miénteme a mi, miéntele al mundo, miéntele a ella, pero no te mientas a ti. Sabes que me quieres.

Sabes que sin mi, no te entenderías.

Podemos hacer lo que queramos. Pero sólo podemos herir con lo que ocultamos. Con lo que somos. Con lo que amamos.

¿La verdad? Se mueve bajo esa piel que inventaste. Yo la veo desde aquí.

La siento desde el momento que quisiste verme como alguien más.
La siento cada vez que piensas en mí.
Soy un imaginario, lo sé. Pero por eso te pertenezco.
Sin embargo, cuando me descubras, no te atrevas a acusarme de mentirte.
Tú no has hecho otra cosa.

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